Se puede considerar El club de los poetas muertos como una de esas películas que no te dejan indiferente: o te gusta o no, pero nunca un sin más, de esas que pasan sin pena ni gloria. Una película que hace que todo el mundo empiece a darle al coco y se quede varios días (por lo menos esa es mi experiencia) pensando en lo que ha visto.

Sin embargo, El Club de los poetas muertos, tiene dos pegas, en mi opinión, imporantes. La primera de ellas el final (el de la historia del personaje de Sean Leonard, no la escena final, que me parece una obra de arte, y que ya ha sido colgado previamente en este blog). He visto pocos finales que arruinen más una película de lo que éste, en mi opinión, ha hecho. Totalmente desproporcionado, inoportuno, y que no venía a cuento. ¡A quién se le ocurre...! Y en segundo lugar la engañosa carga moral que transmite. Creo que todo el rollo del carpe diem es muy bonito pero en su contexto, no en el que en algún momento se intenta meter durante la película. De hecho, se muestra en el susodicho final (los que la hayáis visto espero que lo entendáis, no quiero añadir más por si hay alguien que no la ha visto aún).
El profesor Keating, con todo el programa revolucionario que propone, está haciendo algo muy bueno que es promover el afán por las humanidades, por las letras, el interés por ellas. Pero mediante ésto, se da un ataque a lo tradicional, representado por las exigentes normas del colegio privado donde se desarrolla la película, que se mete de manera más sutil. Se presenta lo tradicional como algo malo, anclado en el pasado y anticuado, que ya no sirve. La disciplina como algo que oprime y que incapacita al alumno a desarrollar todo su potencial, cuando lo que hace realmente es enseñar a cada cual a vivir de manera ordenada.
En definitiva, recomiendo ver esta película sin ninguna duda porque me parece extraordinaria a nivel cinematográfico, aunque no para todos los públicos ya que hay que tener muy claro cuándo el carpe diem está muy bien y cuándo no tanto. Hay que saber que no es oro todo lo que reluce.
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