Mel Gibson ha vuelto. Y de qué manera, por la puerta grande. Desde que en 2006 dirigiera Apocalypto, no había vuelto a hacer lo propio con ninguna otra película, y su vuelta no ha podido ser mejor. Bueno, quizás sí, si se hubiese llevado alguno de los Oscars más importantes (estuvo nominada a seis, incluyendo el de mejor película y mejor director, y finalmente solo se llevó el de mejor edición de sonido y mejor montaje). Pero seguro que éso a Gibson no le ha quitado el sueño.

Con Hasta el último hombre, Gibson no sólo ha querido hacer una película bélica sobre la II Guerra Mundial. Está claro que lo es, y de las mejores de los últimos años sin ninguna duda. Las escenas que se desarrollan en lo alto del barranco son de un realismo increíble. Pero es más que un película de guerra porque lo más importante no es la batalla ni el contexto en el que se ambienta, si no el debate moral que plantea: ¿es lícito moralmente que un soldado vaya al campo de batalla sin un sólo arma con la que defenderse a sí mismo y a sus compañeros y, en consecuencia, a su país, solo porque sus creencias no se lo permiten? ¿Qué está por encima, mantenerte fiel a lo que piensas o aceptar algo que va en contra de ello?
Hasta el último hombre supone una oda a la libertad de conciencia, de actuar conforme a lo que uno cree.Y plantea la necesidad de que en el mundo haya más Desmond Doss, personas lo suficientemente íntegras como para asumir las burlas, humillaciones y agravios que puedan sufrir por mantenerse fiel a unos valores y principios. Una llamada a huir de lo políticamente correcto, de lo cómodo y sencillo, de pensar y actuar como piensa y actúa la masa. Por todo ello, de mayor me gustaría ser como el soldado Doss.
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